Patricio Murphy
Invisible

Invisible

[En español abajo]

Invisible started as a set of Instagram posts about family life during early 2020 lockdown, one of thousands of “quarantine diaries”, with no defined purpose. When with curator Florencia de la Vega we started to talk about an online exhibition, I wasn’t thrilled by the slideshow format. But I kept an open mind and eventually it evolved into a multimedia piece of sorts that allowed me to put into work a definition I make of myself: photographer, musician, in no particular order. For the show words were needed, and however used I am to writing stuff to complement my pictures, no matter how hard I tried I couldn’t come up with the right words, so I asked a good friend, sociologist and writer Laura Fernández Cordero if she was kind enough to watch the piece and write something to go with it. The following are her words, followed by a selection of pictures that include those in the multimedia piece and add some more that didn’t make it into the final edit.

The virtual exhibition can be seen here.

There was one who sang on his balcony. Another who played the violin from a window. A family that improvised a hanging table to share dinner with the neighbour… The first weeks of the pandemic surprised us with imaginative touchs, a resilient inventive against the unexpected isolation conditions. As time went by, those strange responses lessened, be it because of the dificulties holding up with the lockdown, be it because of the annoyance and, finally, the advent of an all exceptional “new normal”, more unfeasible than normal. However, indoors, aesthetic and loving resistance prevailed… at least that hope Patricio Murphy’s pictures provide.

True indeed is that many people decided to indulge on arts they had postponed, dust off the camera or resume the brushes, but this is not the case. The exhibition stands out as a report from a very particular social experiment: the outcome of locking a person with varied talents, although devoted to photojournalism, at home and with his gear at hand. Away from the streets, the riots, the political events. An eye trained to capture movement, suddenly still. A traveling body, held up at home. A handful of lenses to capture the staging of routine. Day after day, the photographer turned everyday life into a battlefield, sculpted new portraits of well known faces, captured a profile of all emotions, mainly of despondency, but also of patience. And he took advantage of each and every gap and opening: moons seen from the window, spying dogs, birds flying across the patio or perching on the water tank.

It could be said that with great stoicism Murphy, as the saying goes, made virtue out of necessity, but looking at each image it seems unfair to think it that way since there was no need to practice virtue when all we were asked was survival. And again the hope, the relief of guessing all we are capable of when cirscumstances put pressure on us. And the enjoyment for those who look, now, at those little stories that are being told, like the gym lesson, and some that are barely suggested like that band-aid on the son’s face. A great protagonist indeed. The photographer is that typical father that won’t let that recently drawed painting go unnoticed, but at the same time is one that can explain to us, without words, this fragment of childhood, the mother’s hand to hand care, the mess of toys and pets.

How does the photographer’s son watch? What does he learn to see if he sees the attention his father pays to the bouncing of light on the tiles, to the reflection that floods the kitchen, to a curtain? Even if he never picks up a camera, he’ll have the mark of whom grew playing with shadows and lights on his own house. No little footprint for such bad times.

When the camera portraits her, its inevitable to identify with the sorrow, the impatience , the brave happiness. And with boredom, too, which is sensed in the extreme close up, so delicate in the approach. Much more precise that the only self-portrait the photographer shows, a selfie that looks accidental and at the same time lets him be seen and not, taking shelter in the blurriness, waiting for the right shot.

Invisible

Invisible comenzó como una serie de posteos en Instagram sobre la vida familiar en los primeros meses de 2020 durante el aislamiento, uno de miles de “diarios de cuarentena”, sin un propósito definido. Cuando con la curadora Florencia de la Vega empezamos a hablar sobre una exhibición online el formato de slideshow no me entusiasmó mucho. Pero mantuve una postura abierta, y eventualmente el trabajo evolucionó hacia una suerte de pieza multimedia que me permitió poner a trabajar una definición que a menudo he dado acerca de mi mismo: fotógrafo, músico, no necesariamente en ese orden. Para la muestra se necesitaban palabras, y a pesar de estar acostumbrado a escribir para acompañar mis fotos, no importa cuánto lo intentara, no logré encontrar las palabras justas. Así que le pedí a una buena amiga, la socióloga y escritora Laura Fernández Cordero, si quería ver el material y escribir un texto para acompañarlo. Lo que sigue son sus palabras, y una selección de imágenes que incluyen las que están en la pieza multimedia y algunas más que no quedaron en la edición final.

La muestra virtual puede ser vista aquí.

Uno salía al balcón a cantar. Otra tocaba el violín desde la ventana. Una familia improvisaba una mesa colgante para almorzar con la vecina… las primeras semanas de las pandemia nos sorprendían con gestos imaginativos, una inventiva resistente contra las inesperadas condiciones de encierro. Con el paso del tiempo, esas respuestas curiosas mermaron, un poco por las dificultades de sostener el aislamiento, otro poco por el fastidio y, finalmente, por el surgimiento de una “nueva normalidad” del todo excepcional y más impracticable que normal. Sin embargo, puertas adentro, las resistencias amorosas y estéticas continuaron… al menos esa esperanza nos dan las fotografías de Patricio Murphy.

Es cierto que se le ocurrió a mucha gente despuntar un arte que había postergado, desempolvar la cámara o volver a los pinceles, pero este no es el caso. La muestra resalta como informe de un experimento social muy particular: el resultado de encerrar a una persona con talentos varios, aunque dedicado al fotoperiodismo, en su casa y con todo su equipo técnico. Lejos de la calle, los estallidos, los aconteceres políticos. Un ojo entrenado para el movimiento, de pronto, detenido. Un cuerpo viajante, demorado en la querencia. Un montón de lentes para captar la puesta en escena de la rutina. Día a tras día, como se puede comprobar, el fotógrafo hizo de lo cotidiano campo de batalla, talló nuevos retratos de las caras conocidas, captó perfiles de todas las emociones, sobre todo las del desánimo, pero también la paciencia. Y aprovechó todos los huecos y las aperturas: lunas por la ventana, perros que espían, pájaros que cruzan el patio o se posan en el tanque de agua.

Se diría, como el refrán, que con gran estoicismo, Murphy hizo de la necesidad virtud, pero viendo cada imagen creo que sería injusto pensarlo así porque no había necesidad de ensayar virtudes cuando sólo se nos pedía sobrevivencia. Y aquí de nuevo la esperanza, el alivio de presentir todo lo que somos capaces cuando las circunstancias aprietan. Y el disfrute para quien mira, ahora, esas pequeñas historias que se cuentan, como la clase de gimnasia, y algunas que apenas se sugieren como esa curita sobre la cara del hijo. Gran protagonista. El fotógrafo es el típico padre que no deja escapar el monigote recién dibujado, pero a la vez, es uno que puede explicarnos, sin palabras, este fragmento de niñez, el cuidado cuerpo a cuerpo de la madre, el desorden de los juguetes y las mascotas.

¿Cómo mira el hijo de un fotógrafo? ¿Qué aprende a mirar si ve que el padre presta tanta atención al rebote del sol en los mosaicos, al reflejo que inunda la cocina, a una cortina? Aunque nunca empuñe una cámara, tendrá la marca de quien se crió jugando con luces y sombras de su propia casa. No poca huella para tan malos tiempos.

Cuando la retrata a ella, es inevitable la identificación con los pesares, la impaciencia, las valientes alegrías. Con el tedio, también, ese que se intuye en el primerísimo plano, tan delicado en el acercamiento. Mucho más preciso que el único autorretrato que nos da el fotógrafo que se deja ver y no, como una selfie que parece accidente, parapetado en lo borroso, y a la espera de la toma justa.

The Pictures / Las fotos

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